Las teclas se resisten a morir

Aquí en la “Ciudad del Eterno Sol” a espaldas de la Municipalidad de Piura y escondidos de la muchedumbre que recorre la plaza central, aún hay redactores detenidos en el tiempo, sienten que con ellos morirá su oficio, las calles son sus oficinas, por sus manos han pasado miles de hojas de papel. Los lienzos sobre los que letra a letra, dibujan discursos formales aprendidos con los años y plasmados con ayuda de sus longevas y sobrevivientes máquinas de escribir, sus herramientas preciadas que los pintan como seres estancados en un tiempo menos frenético, escribientes de cinta y rodillo en una época de computadoras, celulares, correos electrónico y USB.

Son una especie en extinción, pero se resisten a morir. En los alrededores hay varios edificios públicos, educativos y religiosos; aún se les puede ver tecleando por unos cuantos soles, solicitudes, oficios, reclamos, cartas, hojas de vida, contratos de arrendamiento y toda una recatafila de escritos pedidos. Por gente que anda con el tiempo justo, siempre apurada y torturada por el timbre de los celulares, aunque otras parecen perdidos por el sol.

Cada vez son menos en el Centro Cívico y en el mercado de Piura, y casi todos son adultos mayores. Son dueños de una prosa pulcra, seductores de tinta, atentos a ese sonido de la campanita que las viejas máquinas sueltan cada vez que es necesario empujar la pequeña palanca que mueve el rodillo a la siguiente línea y hasta terminar los escritos que en antaño, los convirtieron en los más honorables de la ciudad.

Las máquinas de escribir fueron herramientas indispensables en las oficinas de todo el mundo, así como para la literatura, el cine, el periodismo, el teatro y cualquier actividad que requiriera escribir desde finales del siglo XIX, casi todo el siglo XX, aunque el avance de las nuevas tecnologías entrado el siglo XXI aún siguen vigenyes. Las maquinas tenían solo 57 teclas, no tenía el comando de Enter, si se quería escribir en mayúsculas se debía presionar la tecla TAB  que era de color rojo. Algunas maquinas permitían escribir en color y para eso se tenía que comprar una cinta de dos colores.

Arturo Aldana Chunga, se acostumbro a escribir a diario e inició en el oficio desde joven.

Desde las 8 de la mañana hacen su aparición, va llegando uno a uno como si abrieran el telón de la función y están hasta las cuatro de la tarde. Más, no. Los golpes que dan a las teclas son un concierto de percusión único, en las salas de redacción sin techo, a veces solo una sombrilla soporta y detienen la inclemencia del sol de la Piura bulliciosa, con bocinazos y conversaciones ajenas como melodías de fondo.

Historias de vida

Ricardo Villavicencio, de 62 años, tiene a su fiel Olympia encadenada a su mesa portátil. Con la llave del candado que asegura su sustento en el bolsillo, y con los dedos tan ligeros como veloces ha redactado miles de documentos y no quiere abandonarlo, no se ve sin el otro amor de su vida a la que conoció cuando aún era un chiquillo.

Aún recuerda los inicios del oficio, eran tiempos difíciles y de necesidad. “Me hice mecanógrafo por la invitación de un amigo que me dijo tienes una máquina, puedes redactar documentos y ganar unos cuantos soles”, dice que iniciaron varios y estaban alrededor del palacio municipal. “El que ganaba más clientes podía tener más ganancias en el día y con eso poder ahorrar”, hoy deben rotar cada día como si estuviera conociendo el juego de los niños; pero no se quejan, hay clientes para todos.

Nos cuenta que ha tenido que cambiar más de 20 veces su herramienta de trabajo y que es muy costoso repararla. “Estas tienen su tiempo de uso y luego hay que cambiarla, ya no es fácil encontrar una nueva y es mejor comprarse una de segunda, a veces llegan vendiendo por acá y las ofrecen por 20 a 25 soles”. Además, dice que es muy complicado encontrar a un técnico que repare a su fiel compañera.

Desde hace 35 años aún se les puede ubicar en Centro Cívico de Piura

“Antes había un técnico de apellido flores que reparaba, pero se fue a Lima. Él se modernizo, ahora repara computadoras, laptops”. Dice que ya tiene una computadora al igual que sus compañeros de trabajo, pero que no la puede utilizar en la calle porque no hay las condiciones y prefiere su Olympia.

Cobra entre S/.2 y S/.5 por escrito. «Antes éramos como 40. Hoy quedamos 12 aquí. Hace 32 años (1984) formamos la asociación de Mecanógrafos del Centro Cívico de Piura, más o menos, ganaba unos 50 soles diarios. Hoy, a lo mucho, 20 a 25. Pero, ojo, no soy un improvisado. Yo redacto. Una cosa es apretar las teclas a velocidad. Otra, redactar», subraya.

«Al escribir, ayudo con sus trámites urgentes a la gente. Así he hecho profesionales a mis hijos. Si no amara la escritura, no podría hacer esto. Soy uno de los últimos en mi rubro. Con nosotros morirá el oficio y la máquina de escribir quedará en el olvido. La computadora avanza cada vez más», señala resignado.

Fidelson Rodríguez Chunga (57) es otro mecanógrafo, relata que la primera vez que llegó con su máquina al centro cívico, el palacio municipal era custodiado por la Guardia Repúblicana, la que en reiteradas oportunidades los trababa de sacar a la fuerza de los lugares cercanos donde se habían establecido.

“En aquellos años éramos varios, muchos iniciaron a estudiar y hoy son profesionales, a veces nos visitan”, sostiene Rodríguez. Además, dice que por falta de recursos no pudo postular a una universidad y se tuvo que resignar a su oficio. Sus clientes en su mayoría son adultos y de vez en cuando algún joven se acerca por una solicitud. Dicen que los abogados eran los que más requerían en los inicios y hoy ya muy pocos clientes llegan al lugar, pero aun da para sobrevivir.

Manuel Ramírez García, presidente de la asociación de Mecanógrafos de Piura.

Enamorados

El presidente de la asociación es Manuel Ramírez García, a él lo encontramos redactando una solicitud en su Remington, sus manos juegan el mejor partido del día y las techas ensayan la mejor melodía sinfónica. La máquina pareciera entender el ritmo y no se detiene a pesar del bullicio. Cerca pasan los jóvenes enamorados y abrazados, con cigarrillos que se encienden a diestra y siniestra, que sube y baja las escalinatas de los nuevos malls que cambiaron la vieja siesta del terruño y se llenó de miles de migrantes del interior de la región y de otras partes del país.

Este oficio le ha permitido dar estudios a sus 3 hijos y poder comprar algunas cosas para poder sobrevivir en esta vorágine de la ciudad. Le preguntó cómo fue su inició y se pone nostálgico, la pupila de sus ojos se dilatan y se pierden por un instante como se retrocediera a los años 80, donde la ciudad era más pequeña, no había la Plaza de la Paloma, el tránsito era menor. El pasaje apenas costaba 20 céntimos, los viejos escarabajos recorrían las estrechas calles de centro histórico y eran lo último en la tecnología que llegaba a la ciudad norteña.

Los negocios cerraban sus puestas a las 6 de la tarde, eran tiempos en que circulaban las cartas y la inseguridad no golpeaba y generaba zozobra en la población. Habían pocos negocios en la ciudad y los neones no dejaban envilecidas y convertían en noctámbula a los más jóvenes.

Los mecanógrafos están próximos a celebrar 33 años en el centro cívico, ellos recuerdan que decidieron agruparse a raíz de un atentado que hubo en la municipalidad y la Guardia República los caso de la zona. Sin saber dónde ir tuvieron que llegar hasta la oficina del acalde para que los ayude y les permita.

«Las personas nos necesitan. Pero todo se acabará pronto: ya no es fácil encontrar cintas y es difícil que haya una nueva generación de escribanos”, lamenta Fidelson. La tarde va cayendo a paso lento, las lenguas se fuego se van apagando y confundiendo entre los dunas y los cerros. La faena ha culminado, los escribanos empiezan a empacar sus herramientas en viejas cajas de metal y cuerina, las maquinas terminarán dormitando en las viejas casonas del centro histórico, a pocos metros donde día a día tocaran su mejores melodías confundidas entre muchedumbre y bocinazos.

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